sábado, 16 de enero de 2010

todos los caminos conducen ahí

un día me bajo del bondi y voy ufando como loca rumbo al laburo. ya bajo bastante desmejorada, los pantalones pegados al culo y la remera a la espalda, a veces incluso, hace tanto calor que la remera se me pega al culo y el pantalón a la espalda... cuestión que ya aterrizo en el asfalto con pocas pulgas, lo que me viene bien considerando la nube de mosquitos que me esperan. hay una rutina inevitable que consiste en ponerme off, colgarme la mochila en la espalda, comprarme una sprite zero bien frapé que pega como piña y tomar coraje. también he de considerar lo de tomarme la sprite y comprarme el coraje, pero eso me lo dejo para el otoño. bueh, ese día, empiezo a cruzar y el camionero de turno me toca bocina pajera. sigo como si nada, acostumbrada a la admiración que despierto en el gremio. el camino para llegar a la gloria eterna es más o menos así: te bajás del bondi y enfilás un par de avenidas que tienen velocidad de ruta. hay semáforos pero, o yo perdí la capacidad de lectura de los dispositivos viales o los pibes no respetan ni a la madre, ahí ya vas encomendándote al destino mientras escuchás de fondo algunas groserías que, si no fuera por el mal humor que acumulás en la glotis, te caerían como anillo al ego. llegás al descampado de los mosquitos asesinos sin dengue relojeando que no te siga nadie, que la mochila esté cerrada, que el culo esté en su lugar, que el mosquito no te devore el brazo. andás como muy atenta a la desgracia, al punto que casi te desilusiona que no te pase nada, al menos un rayo que te parta al medio, un dengue que te intoxique. lo importante es que tu atención más atenta se concentra en la trayectoria de la camioneta que, no sabés por qué, te da la sensacion de que te viene siguiendo desde el kiosco. capaz que no es con vos la cosa pero el conductor está con la cabeza afuera de la ventanilla y mira para tu lado al tiempo que mueve la bocaza. igual, siempre todo tiene un poco que ver con las percepciones, capaz el pibe tiene calor y está puteando. me explico porque acaso no entendés porque nunca fuiste por ahí: el tipo va en auto por la rotonda -avenida-curvita-rotonda, mientras vos cruzás por descampado mosquitero en diagonal, como quién corta camino. hay una distancia importante entre la trayectoria del vehículo y la de tu cuerpo y alma pero así y todo escuchás que te chiflan y algún eco de mamita, mamaza, mamema... llegás al punto más peligroso. tenés avenidaza ruta-diagonal ruta-rotonda-ruta: vienen camiones, autos y colectivos de tres rectas distintas que convergen en un punto que bien puede ser la ruta que tenés que cruzar como vos misma convertida en punto final. es decir, va a llegar el día en el que todas las rectas convergas, digo converjan, en mi humanidad y me aplasten como a un mosquito atragantado de off. vos te parás en el cordón y apretás el semáforo peatonal. se te pone a favor y es exactamente lo mismo porque, salvo el chabón que te viene siguiendo, nadie apoya el fucking pie en el puto freno. y vos, en lugar de pensar por qué son tan hijos de puta que no paran, elucubrás por qué ese hijo de re mil putas está frenado en el medio de las tres rectas que un poquito más adelante te convergen. el re pajero está esperando para ver a donde vas. y ahí bueh, cerrás los ojos y pedís un par de deseos póstumos. yo suelo persignarme por alto reflejo mientras acomodo los breteles de la musculosa, cosa de morir con las botas puestas. pero todavía no llegó tú hora de modo que esquivás un par de veces más a la muerte y atravesás la rotonda. entonces el pajero, que es muy observador, se da cuenta de que vas a seguir derecho. porque esas tres rectas convergen en una que va para allá pero para el otro allá, para mi allá, hay otra calle-ruta que es la que entra al parque, es decir, al complejo donde trabajo. el tipo se mete en la calle-ruta a dos por hora y me dice cosas que yo no escucho porque estoy aturdida de los bocinazos, tengo los oídos colapsados, no conservo deseo alguno de oír nada y vengo puteando en tres idiomas. pajero de mierda, ojalá no se te pare nunca más, no ves que no te doy bola, idiota, enfermo, son las dos de la tarde, 40 grados a la sombra, ni aire acondicionado le pusiste a la chata y me querés llevar al parque indoamericano a culear. hacete ver. y así el tipo me pasa y cuando pensaste que por fin se cansó de insistir ves que retoma como para encararte de frente. yo no puedo terminar de comprender cuál es la parte que el tipo no entendió de que lo ignoro. hasta que por fin entro a la cárcel, tras lo cual el pajero acelera y se va devastado por el fracaso de su conquista siestera pedorra. al día siguiente lo mismo pero otro auto y al otro día igual pero una combi. al cuarto día ya me voy preparada para hacer la gran thelma and louise y matar al primer hijo de puta que se permita siquiera decirme hola pero nadie viene conmigo en la rotonda. miro hacia adelante, hacia donde siempre es bastante oportuno mirar, y observo a una mina sentada al borde de la ruta con las piernas un poco desnudas para la vastedad de mosquitos que conviven en esa zona de capital. pienso que es una puta pero no asocio con mi éxito en la zona sur del oeste. la miro como diciendo tapate un poco que estos bichos te cogen sin piedad pero como ella me mira mal sigo mi ruta sin advertirle nada. a la semana me dicen: "¿boluda, viste que acá hay parada?" parada de qué. ¿de bondi? de chicas, tarada! de putas querés decir? sí, zona roja en la puerta de la muni. ajajajajaja. medio segundo me duró la sonrisa. ¿entonces estos hijos de puta me querían pagar? ese es el momento sublime, histórico y perturbador en que los turros de la dire se quedan, por primera vez en dos años, mudos. sin nada que agregar a mi patética conclusión.

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