el otro día me robaron en el descampadito que tengo que cruzar para llegar a la dependencia municipal. lo que más me impactó no fue el atraco sino la claridad que tuvo el caballero para convencerme de que lo más atinado, en mi lugar, era ofrecerle algún dinero a cambio de que él siguiera su camino para que yo pudiera completar el mío sin ningún tipo de desvíos. me repitió por lo menos cuatro veces algo así: "no lo intentes porque no tenés para donde correr". la versión de su advertencia, que no hacía más que describir mi situación concreta, cambiaba algunas palabras pero siempre haciendo foco en que no tenía salida. había que negociar con él que, me parece, tampoco vislumbra demasiados lados hacia donde disparar. la situación revelaba tanta orfandad por parte de los dos que no me quedó emoción para desencajarme por otro motivo que no fuera ese.
tuve tiempo a pensar una reacción, colocarme en una postura de negociación que en otras circunstancias me hubiera costado sostener.
en el hombro derecho tenía la mochila con mi agenda, mi billetera, el documento, el registro, las tarjetas... si se la llevaba, me esperaban horas de trámites, la paranoia de pensar que tendría mis llaves y podría encontrar mi dirección en algún puto papel de la mochila. en el bolsillo izquierdo del jean guardaba un billete de cien pesos, escondidito para que no fuera el premio de algún punga de los que abundan por once y nunca faltan por cualquier lugar. de pura casualidad y porque los días anteriores me había sorprendido si un peso y sin un cajero cerca con ganas de comerme una fruta y sin un billete para pagarla, la mayoría de las veces la situación habría terminado en el arrebato de la mochila sin mediaciones. así que, cuando tuve al señor en el punto justo, casi compartiendo mi punto de equilibrio, le dije que estuviera tranquilo, que le daba el dinero, que se fuera sin perder la calma. el hombre no podía perder algo que no tenía, parecía estar en otra dimensión, no necesariamente la que proporciona el exceso de alcohol porque no le sentí olor a tetra brick, así que me da que pensar que estaría pasado de paco o alguna sustancia barata. digo pensar porque nunca vi a nadie pasado de paco, solo me lo imagino en función de lo que dicen en los noticieros que es un tipo dado vuelta por la pasta base. no sé, me quedó la sensación de que con solo empujarlo con mi dedo índice podría haberlo derribado sin peligro, pero no quise hacer la prueba, mucho menos equivocarme. y tampoco, creo, quise tocarlo. ni quería que me toque. bastante tenía con lo que me había tocado su sentencia: "no tenés para donde correr". el caballero tomó el billete y siguió su camino igual de tranquilo o inquieto como lo había comenzado, repitiendo la idea de que no tenía escapatoria, con lo que más tarde me puse a pensar si me estaría hablando a mi o se estaría repitiendo a sí mismo que se había quedado sin opción. quizá fue eso y yo imaginé un enfrentamiento que no habría existido a no ser porque su línea y la mía necesariamente tenían que cruzarse en un punto común. me quedé temblando, buscando a alguien que me diera alguna mínima sensación de reparo o compañía en el sentimiento, pero no había nadie en el descampado, salvo el caballero que se alejaba con mis cien pesos. todavía me faltaba cruzar la rotonda y no me sentía del todo lúcida como para lograrlo sin fallas. esperé que llegaran varios vehículos que estuvieran de acuerdo en respetar el semáforo, cosa que pocas veces sucede, pero esta vez se me dio así que, protegida por una línea de coches dispuestos a darme paso, avancé. todavía quedaban varios metros para llegar a la entrada del laburo y, aunque las gafas negras me protegían y me moría de ganas, no pude llorar. entré y saludé como todos los días con la extraña sensación de estar mintiendo cuando respondía "bien"" a la pregunta de rigor: "¿cómo te va?" no tenía ganas de contarle a cualquier hijo de vecino lo vulnerable que podía hacerme una situación tan común como que un señor excedido en alguna sustancia desconocida para mí cruzara mi camino advirtiéndome que no me quedaba otra que pasar por el mismo punto en el mismo momento. dejé la mochila en mi escritorio y me fui al baño, esa cosa de confesionario que da el baño, solo una vez encerradita en el inmundo habitáculo me sentí segura para llorar un rato para, recién después, poder buscar a alguien a quien contarle que no es posible que sea tan fácil sacarle cien pesos a alguien, que no está bien que nadie nos cuide. yo me sentí sola y lo que más me indignó fue saber que al día siguiente me sentiría igual y a ninguna autoridad le significaría mínimamente nada. lo conté y rápidamente se armó la situación esperable: las quejas, la sugerencia de hacer la denuncia, inútil como cualquier denuncia, el compañero que se ofrece a acompañarte a la comisaría, la comisaría de película, con dos oficiales para tomar mil denuncias, leerle derechos a siete con portación de cara y una sola impresora para hacer palpable cualquier documentación. uno de los que estaban a cargo nos canjeó salir de testigos por apurar el trámite. el intercambio fue más o menos así: nosotros firmamos que se le leyeron los derechos a dos detenidos y un oficial dejó de hacer lo que estaba haciendo para tomarme la denuncia. nos aseguramos que firmar aquel papel no nos implicaría en futuras visitas a los juzgados y que podíamos escuchar la lectura de derechos sin que los chorros nos vieran y, minutos después, un chico de 23 años me tomó la denuncia. le pregunté para qué servía y me dijo que absolutamente para nada, que la causa terminaría archivada un ratito después en la fiscalía de turno puesto que, consultando qué me convenía, decidí decir que no era capaz de reconocer al caballero sin salida.
y nada, conté el episodio tantas veces como compañeros de laburo frecuento, expliqué cómo venía el "ladrón" y desde dónde llegaba yo, respondí preguntas del tipo: tenía arma, te lastimó, te robó los documentos, necesitás que te preste plata, para qué le diste, te apuntó, tenía navaja, era pendejo, estaba bien vestido, te amenazó, te hizo algo (y puntos suspensivos, creo que los puntos se referían a si me había manoseado o algo por el estilo). respondí estoicamente comprendiendo que, puesta del otro lado, hubiera preguntado las mismas pelotudeces. el director me mandó a decir que hiciera la denuncia, no sé si como una obligación civil o como un permiso otorgado "la dejo que haga la denuncia o le ordeno que haga la denuncia" y que me daría los 100 pesos. quizás pensó que mi tranquilidad existencial vulnerada volvería a su lugar si mi pantalón volvía a tener cien pesos. quién sabe. supongo que también me quejaría si no me los hubiera ofrecido. lo cierto es que el lunes el director me llamó a su despacho, me hizo las preguntas de rigor, me dio los 100 pesos prometidos y me dijo que lo sentía mucho pero que era lo que había, que lo mismo me podría haber sucedido en recoleta, que ahí es donde estábamos trabajando ahora y que quedarme o irme era una decisión pura y exclusivamente mía. que si me sentía insegura, bueno, buscara otro trabajo. sonó desubicado de su parte pero en el fondo, y en las formas, le agradecí, y le agradezco, la sinceridad. cuando uno tiene claro que nadie más que uno va a cuidar su integridad, cualquiera sea: física, moral, sicológica... entiende que no hay pataleo ni denuncia que valga. o se cruza el descampado o no se cruza nunca más.
ahora hay un compañero de la tarde que me busca y me ofrece sin invasiones acompañarme para que crucemos juntos a la hora de irnos. entre los dos buscamos a una compañera más y vamos tranquilos, sabiendo que pasarnos nos puede pasar cualquier cosa pero que si estamos juntos al menos nos sentiremos menos solos, huérfanos pero de a tres.
miércoles, 27 de enero de 2010
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